La caja de los hilos |
![]() |
|
|
Se muestran los artículos pertenecientes al tema Bajada de bandera. Por Amadeo Martillo Puede que sean los efectos de la reflexión de la luz o la ginebra, pero en la entrada del callejón de las Once Esquinas hay dos hombres que se masturban junto a la farola mientras olisquean los coños de las hembras que pasan a su lado. Me miran. Visten zapatos de tacón y correajes de cuero, embridados, desnudos, mordisquean el bocado cuando sus pequeñas pollas se estremecen al escupir su veneno. Se dejan abrazar por la lluvia, que repiquetea sobre el parabrisas. “Quiero ser tu perro…”, dicen antes de ponerse a ladrar. Solo los gatos, que relamen la acera antes de que nadie se dé cuenta, les prestan atención. Cerca de allí, delante de una tienda de comestibles, tres gordas se sientan junto a la puerta y abren sus piernas para enseñar unos coños llenos de carne y pelo. Sacan la lengua a las amas de casa y se amasan las tetas. Se mean encima al correrse. “Come, come…”, dicen cuando se paran ante ellas unos ejecutivos con su cajita de shusi para observar la carta de los helados. David Foldvari es un ilustrador que, con técnicas próximas al grafiti y al cómic, recrea ambientes urbanos realmente emocionantes. Parémonos a reflexionar... Por Amadeo Martillo El hombre ha pisado La Luna, ha combatido la enfermedad con tecnología láser, ha logrado que los flujos de información recorran el mundo en cuestión de milésimas de segundo, pero aquí, en Zaragoza, pese a los avances de la ciencia, soy incapaz de sortear una maldita procesión. Da igual lo que haga. En cuanto me atrevo a arrancar el coche para transportar a los cuatro o cinco desgraciados que prefieren esconderse en sus madrigueras en estos días de pasión, el azar empieza a desenfundar su espada para empujarme a una trampa infranqueable. Como un Sísifo calvo y amargado, todos los años acabo en el mismo punto, atrapado entre cofrades y feligreses, condenado a arrastrar la pesada roca de frustración que acompaña a los pasos y las trompetas. Esta vez estoy parado en la calle San Braulio, con esa extraña sensación que te agarra las tripas cuando ves de cerca la muerte. No me puedo mover en ninguna dirección. Cientos de fanáticos, quizá miles, me rodean por todas partes, manosean el capó del taxi, me miran con desdén, como si descubrieran mi ateísmo y mi mala sangre a través del parabrisas. Siento el peligro, así que palpo la pistola por si acaso. Por Espoz y Mina se balancea un Cristo retorcido y ensangrentado, atado a una columna, rodeado de penitentes encapirotados y temibles. Tengo miedo. Quiero huir, pero no es posible. Desenfundo la pistola por si acaso. Entonces tengo un extraño arrebato místico y pienso en Dios. Recuerdo mi infancia, cuando cantaba en el coro de la capilla del colegio, la catequesis con los jesuitas, los rezos antes de dormir, el amor fraterno, la caridad cristiana... Eran tiempos de fe y esperanza. Siento que Jesucristo me mira, como quien observa a la oveja descarriada que reclama una nueva oportunidad, al hijo desorientado entre la multitud que busca desesperado la mano del padre. Cuando creo que se va a apiadar de mí y va a obrar el milagro que me permitirá escapar de la marabunta, levanta el dedo corazón y con una carcajada malévola me dice: “Jódete”. En la calle, continúa la procesión. Es mi penitencia. JAM Montoya es un controvertido fotógrafo extremeño que fue objeto de furibundos ataques por su irreverente colección Sanctorum, en la que mezcla los símbolos más reconocibles de la iconografía religiosa con motivos sexuales. Al margen de polémicas, merece la pena echar un vistazo a su obra. Es diferente. La imagen que ilustra este post se titula "Corazón ardiente". Un poco de pasión... Por Amadeo Martillo Era gordita y fea. Se subió al taxi cargada con un inmenso ramo de rosas rojas y hablando atropelladamente a través del móvil. “Pues chica, que es un imbécil, que no da una. No sabes lo que me hizo el otro día, parece que está en la inopia…”, gritaba. En cuanto sentó su enorme culo en mi asiento trasero me puso el coche perdido de hojas y pétalos. Todo olía a flores. Me tuve que encender un cigarro. “A Independencia y rápido, que voy con prisa”, exigió. Arranqué el taxi despacio con la duda de si hoy sería un buen día para cometer un crimen. Seguía hablando sin parar y poniendo a caldo a alguien, supongo que a su novio. También supuse que el ramo se lo había regalado él, que le habría dicho que la quería mucho y que le gustaría estar siempre con ella. Seguro que se casan en mayo y se van de viaje de novios a la República Dominicana. Después ella volverá con la piel quemada y embarazada de dos meses. Tendrán un hijo, dos, quizá tres. Vivirán en un piso de segunda mano pequeño y oscuro. Ella seguirá engordando y él también. Se quedará calvo y solo se divertirá los fines de semana con las putas y el fútbol. Pasados los 50, se mirarán a la cara y tendrán ganas de estar muertos. Posiblemente, él la abandonará por una prostituta colombiana mientras que ella se irá a los reality shows de la televisión a contar su desgracia. O, mejor, quizá ella lo envenenará con dioxina y después se arrojará al patio interior. Ese sería un bonito final. Carli Hermes es un fotógrafo especializado en publicidad y moda que ha trabajado para las más importantes marcas comerciales. Un poco de amor... Por Amadeo Martillo Tengo 32 llamadas perdidas en el móvil, pero no lo pienso coger. Es la Gorda. Supongo que querrá saber por qué no he ido a casa ni en Nochebuena ni en Navidad. Estoy en el aparcamiento del D’Ángelos, sentado en el taxi y con la Mágnum en la mano, dudando entre pegarme un tiro o entrar en un centro comercial y abrir fuego contra todos los gilipollas que digan felices fiestas. Al final, supongo que dejaré el arma en la guantera. Como siempre. Me enciendo un cigarrillo. En la puerta del burdel, alguien me mira y me sonríe. Bajo su abrigo de leopardo se descubren de vez en cuando unas tetas grandes y abruptas. Vuelve a sonar el móvil. 33 llamadas. Es la Gorda otra vez. Supongo que a estas horas la Policía ya me estará buscando. Pensarán que he tenido un accidente y que estoy vomitando sangre en alguna cuneta con el volante cruzado en la cara. O que estoy muerto. Eso sí que sería un motivo para brindar. El taxi está caliente, pero yo tengo frío. La puta me sigue observando. Fuma despacio y se rasca el culo mientras taconea por la entrada del local. Es Carol. Alguna vez hemos follado en el coche a cambio de una carrera y un poco de cariño. Me gusta. Es guapa, pero en los ojos se le agolpan los años y la mala suerte. Mientras busco entre la niebla las nubes negras del atardecer, Carol empieza a caminar hacia mí, dejando tras de sí huellas de grava y jaleo. Abre la puerta del taxi y me da un beso en la boca. Me coge las manos y se las lleva al coño. Me dice guapo. Me pide amor. Cierro los ojos y de repente noto una caricia de alivio en la nuca. La Navidad se esfuma por un instante. El móvil hace ya un rato que se ha quedado sin batería. Azsacra Zarathustra es un poeta y filósofo esotérico ruso con un amplio e interesante trabajo fotográfico y videográfico. Conocido como el maestro de la muerte, algunas de sus fuentes de inspiración son Nietzsche, el teatro de la crueldad y el body art. La violencia, el dolor, un profundo nihilismo y ritos iniciáticos de lo más sádico son los motores con los que la obra de Azsacra se dirige el corazón del mismísimo infierno. No es para todos los públicos. Feliz Navidad... Antony and the Johnsons – Hope There’s Someone.mp3. Antony and the Johnsons – Cripple And The Starfish.m3. Antony and the Johnsons (con Rufus Wainwright)– What Can I Do?.mp3 Por Amadeo Martillo A mí no me gusta trabajar de día. Solo cojo el taxi a primera hora cuando no hay quien aguante a la Gorda en casa. Y no sé qué es peor. Si resistir las gilipolleces de mi mujer o a la clientela diurna: los picapleitos espigados que piensan que les timas al evitar las calles en obras, las estudiantes pijas que llegan tarde al instituto, las amas de casa que te llenan el coche de olor a pescado y sobaco… En fin. Pero si hay algo que me toca los huevos son los putos críos. De día hay críos. Y yo odio a los críos. Ayer, al mediodía: “Por favor, acelere, que no llegamos al médico. Y apague el cigarrillo, que está prohibido. No ve que la niña está llorando…”, me dijo una bruja de nariz apepinada, pestañas postizas y pestazo a laca. Apreté las manos en el volante para no hacer una locura. Los gritos de aquella criatura infernal rebotaban en el chasis y me hundían el cráneo hacia la garganta. Fantaseé: “¿Si le metiera una Mágnum del 44 en la boca seguiría llorando?”. Al llegar al centro de salud, la bruja pagó la carrera y se bajó del taxi. La borde de la niña dejó de gemir. Me miró con una sonrisa torcida. Menuda hijaputa. El artista que ilustra este artículo es Jill Greenberg, que tiene un don para hacer llorar a los niños. Angelitos... Una vieja canción... The Beatles - Here comes the sun.mp3 Por Amadeo Martillo Ya era hora. Pasó el verano, la playa, las fiestas... Ahora tenemos dos meses de tregua hasta que nos empiecen a tocar los huevos con la maldita Navidad. Serán dos meses de aburrimiento y ternura, con esa rutina en la que nadie mira a nadie, en la que casi todos guardan silencio y se entretienen exclusivamente observando el taxímetro, impenitente, hipnótico, que obsequia números de dos en dos hasta llegar a casa. Serán dos meses en que la Gorda no querrá que la lleve a Salou, ni a pasear por las ferias, ni a ver a su prima Martina, la del pueblo, esa borde que lo único que ha hecho en su vida es revolver en la mierda y en la mala conciencia. Hijaputa. Serán dos meses que poco a poco irán recogiendo frío y envolviendo al personal en gorros, abrigos y bufandas, de esos que no dejan ver la mirada, de los que aplacan el bullicio, de los que esconden vidas cascadas, insignificantes e incluso inoportunas. La gente llevará la nariz roja, goteando mocos, y no dirá nada, porque no habrá nada que ver, nada que contar. Sólo hola, adiós, hasta luego, gracias, me voy, no me esperes despierta. El que suba al taxi aguardará a llegar al destino anunciado, a que le meta una clavada y a cerrar la puerta con la esperanza de no verme más. Que nadie me hable estos dos meses, que nadie me hable. Serán dos meses adormecidos, arrugados, de carajillo y manzanilla, de frenadol y alpargatas, de hojas muertas, de bellas mujeres tristes junto a la farola parpadeante, de horas bajas, de cansancio y derrota, de coger el coche y conducir sin rumbo, encerrado en la noche, mirando al cielo negro, sin parar por el primer gilipollas que te levante la mano. Serán dos meses en los que sólo tendré que dejar en la cocina la caja con la recaudación de la jornada para que la Gorda y las crías me regalen su indiferencia. Por fin. Es lo que estaba buscando. La indiferencia. Estos dos meses son bendita indiferencia. No quedan fuerzas para más. Ya llegará la Navidad, que interrumpirá ese suave descenso a lo invisible. Ya llegará... Philip-Lorca diCorcia es un auténtico maestro de la luz. La serie La Bella Isabelle es un buen ejemplo (Vía Numerof). A Amadeo seguro que le gustaría escuchar hoy a Nick Cave. Nick Cave – Do You Love Me.mp3 Por Amadeo Martillo Si Bush fuera alcalde de Zaragoza, otro gallo nos cantaría. No se cantearía ni Dios. Si Bush fuera alcalde de Zaragoza, no subiría en el taxi el típico ejecutivo tonto del haba que te dice “rapidito, que tengo prisa y lléveme por el Coso que se llega antes”. Ni la señorona soplapollas que te pide que apagues el cigarro “porque el niño tiene asma y además está prohibido”. Ya no entrarían, porque llevaríamos un revólver en el cinturón para cargarnos a todos los gilipollas de esta jodida ciudad. Si Bush fuera alcalde de Zaragoza, no habría Expo, porque Ranillas sería un campo petrolífero, ni la gente se encabronaría por la navegabilidad de río ni por el rebaje del puente de Piedra. Vendería el Ebro a una multinacional de algún amiguete de su familia y punto. Y trasladaría la base de Guantánamo a la plaza de España para meter a los agricultores de Ranillas que se negaron a dejarle sus tierras a cambio de nada. Si Bush fuera alcalde de Zaragoza, no habría niños, porque los enviaría a Suiza a un internado, ni parques, porque no valen para nada, ni bares, porque quitan tiempo para ir a la iglesia. Ni se cortaría Independencia por la Feria del Libro, porque estaría prohibido leer. Si Bush fuera alcalde de Zaragoza, habría una silla eléctrica en la plaza del Justicia para cepillarse a moros, mendigos y gitanos. No habría top manta, ni rastro, ni rumanos sin piernas pidiendo en las puertas de la iglesia de San Gil. Las ejecuciones estarían patrocinadas por la Coca-Cola y por la General Motors. Tampoco habría maricones, porque aprobaría una ordenanza municipal contra la sodomía, el amor y la alegría. También los llevaría a la plaza del Justicia, para amenizar los días de fiesta. Si Bush fuera alcalde de Zaragoza, no habría hijos de puta. Ni siquiera yo. Él sería el único hijo de puta. Jonathan Yeo provocó una gran polémica con esta obra. Se trata de un collage de imágenes pornográficas que componen el rostro de George W. Bush. Un poco de esa música que no le gusta a George... Por Amadeo Martillo Me pido un coñac y me pongo un ducados en la boca dando un suspiro. Sí, ya sé que tomarse un coñac a media mañana no es muy propio en un chiringuito de Salou, pero no puedo más. Ayer acabé a las cuatro de la mañana llevando a dos putas al Madrazo y a las siete ya estaba la Gorda tocando los cojones. “Amadeo, date prisa, a ver si llegamos antes de las 11, que luego no queda playa”. Era como un mal sueño. Playa, playa… Calor, sudor, sal, niños… Miles de gordas con sus bañadores de gordas, de ésos que no dejan ver la arena y que convierten la costa en una lona estampada de fucsias, sombrillas, bultos y horrores. Siempre hay alguna, francesa, belga o de donde hostias sea, que se despelota y nos echa a la cara sus carnes requemadas, informes y viejas. Eso es la playa. Y mis hijas jodiendo. Eso también es la playa. Las tres con las tetas al aire, como tres golfas, tostándose durante horas, inmóviles, mudas, ciegas. Y no digas nada. No digo nada. Sólo me cago en mi puta vida. Me pasa un crío corriendo y chillando y me dispara con su pistola de agua. Cierro los ojos. Aprieto las manos. Le doy un sorbo al coñac y observo a una sueca que se pavonea con un tanga amarillo. Amarillo, amarillo… Mierda, justo ahora viene la Gorda. “¿No te bañas, Amadeo?”. Ni la miro. “Acuérdate de encargar la paella, que luego pasa lo que pasa… Que está todo a tope”, me ruega. Paella, paella… Sólo quedan diez días para volver al taxi. Enciendo otro cigarrillo. Pido otro coñac. Sólo quedan diez días... La playa siempre tiene algo especial si la fotografía la canadiense afincada en Nueva York Naomi Harris. Es puro American way of life (vía Sex in Art). Vamos a surfear con los chicos de la playa... The Beach Boys – California Dreamin’.mp3 The Beach Boys – Good Vibrations.mp3 |